Lucecitas, pueblos, misterios

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Lucecitas, pueblos, misterios

 

Me dirijo a la estantería para dejar en la zona de libros leídos “La lucecita” y el predominio del inconfundible tono amarillo de las cubiertas, me hace caer en la cuenta de que en estos primeros dos meses de 2016 todos los libros que he leído han sido publicados por la editorial Anagrama. Véase: “El Reino” de Emmanuel Carrère (una joya, lo devoré), “Carol” de Patricia Highsmith (preciosa novela en la que se basa la película homónima de Todd Haynes, con una actuación perfecta del tándem Cate BlanchettRooney Mara) y finalmente “La lucecita” de Antonio Moresco. Curiosamente la mancha amarilla seguirá extendiéndose a lo largo del mes de Marzo, pero esta vez en la estantería de mi biblioteca digital, puesto que el siguiente ebook que leeré es “El Libro de las cosas nunca vistas” de Michel Faber.

Dejo “La lucecita” en la estantería con un desasosiego considerable. Además de ser una obra de extraordinaria belleza formal, la trascendencia de los temas que aborda y la delicadeza con que lo hace, la convierten en una historia profundamente perturbadora.

El protagonista es un hombre que ha tomado la decisión de retirarse del mundanal ruido para vivir en un pueblo donde no viven más personas. En realidad, no está solo, porque en el pueblo habitan también árboles, golondrinas, avispas, sapos, insectos y un largo etcétera de flora y fauna. A todos ellos se dirige, les habla y les increpa, -a veces de forma incisiva, otras de forma cariñosa y divertida- acerca de los misterios de la naturaleza y del sentido de su existencia (“¿Por qué?” es la pregunta favorita). Como no obtiene respuestas (“Pero no me contestan” dice siempre que lanza una pregunta a la naturaleza), el protagonista decide imaginar las conversaciones, como ocurre en este pasaje:

 

“Hay un pájaro, en alguna parte del bosque, delante de mi casa, allí abajo, que hace el mismo ruido que una puerta que chirría.

……

Lo oigo de vez en cuando. También lo he oído hace poco, y entonces le he preguntado, con mi voz, en medio de todo este silencio:

 -¿Y tú qué especie de pájaro eres?

 No me ha respondido, pero yo he imaginado que, en cambio, me contestaba:

 -Soy el pájaro puerta que chirría.

-Pero ¿por qué no te veo nunca? Miro entre el follaje cuando oigo tu canto, pero no te veo…

-¿Y no pasa lo mismo con las puertas que chirrían? Te vuelves a mirar y nunca hay nadie.

-¡Pero alguien las habrá hecho chirriar, aunque luego se haya escondido enseguida después de haberlas abierto para no dejarse ver!

-A veces no hay nadie, sólo es el viento.

-Entonces, ¿eres el viento?

-No, yo soy la puerta que el viento hace chirriar.

-¿Y entonces por qué a veces oigo tu canto aunque no haya viento?

-Yo soy el pájaro que hace chirriar también el viento.

 

Pero hay algo más: todas las noches, el hombre se sienta en una vieja silla de hierro y contempla como al otro lado del valle, más allá de los bosques que circundan el pueblo abandonado, se enciende todas las noches a la misma hora, una misteriosa lucecita.

Un día, dominado por la curiosidad, el protagonista decide atravesar el bosque salvaje (primero en coche y, cuando el sendero ya no lo permite, andando) para llegar al punto desde el que, noche tras noche, se proyecta dicha luz. Cuando llega a lugar exacto, en el corazón del bosque, se encuentra una pequeña casita de piedra; una casita en la que vive un niño… un niño extraño, ensimismado…. un niño que vive solo, en el bosque… que parece salido de otro lugar u otro tiempo….El niño que todas las noches enciende a la misma hora la lucecita.

En ese pueblecito remoto, un lugar donde se sufren seísmos nocturnos, donde se rumorea que hay avistamientos de fenómenos extraterrestres (eso dicen los habitantes de los pueblos colindantes) y donde los vivos y los muertos, -los fantasmas-, parecen convivir en el mismo plano (o tal vez no), el protagonista adopta una actitud contemplativa, abierta al misterio, y se deja abrumar por el caos incomprensible de la naturaleza, la danza errática de la vida y de la muerte.

 

“Delante, más abajo, en el despeñadero cubierto de bosque, se alza un castaño medio vivo y medio muerto.

 Hay muchos otros así, sobre todo castaños, creo.

 Algunos están casi completamente muertos, y se recortan sobre el bosque con su evidencia espectral. Pero de algún punto de esos troncos fósiles, cuando llega la estación, parten dos o tres ramas cargadas de erizos hasta troncharse.

 Algunas veces me detengo frente a uno de esos árboles y lo observo.

 – Pero ¿cómo se puede vivir así?- le pregunto-. A los hombres no les es posible: o están vivos o están muertos. O al menos eso parece…

 No me responde.”

 

Yo creo que además de la belleza poética, la ambigüedad y las dobles lecturas de “La lucecita” , lo que me conmueve del libro es la acertada aproximación a lo rural y sus enigmas.

Pasé gran parte de los veranos de mi infancia y adolescencia en un pueblecito de Soria, una pequeña aldea llamada Muriel de la Fuente, en la casa de mi familia materna.

Allí, en Muriel, estaban y siguen estando gran parte de los elementos que el protagonista de la novela menciona en el libro: las casas viejas, los pilones de agua, la antigua escuela, los bosques (Muriel es el primero de los denominados “pueblos de pinares” de la provincia de Soria), el silencio, el viento, las verjas, los establos, los riachuelos, los huertos, los rebaños…

Y estaba sobre todo el misterio, ese que se distingue con los ojos de la infancia: los paseos nocturnos con bastones bajo las estrellas, la Fuentona de corredores subterráneos, las callejuelas silenciosas donde croan los sapos, los desvanes de vigas quejumbrosas, el cementerio rural (justo en la colina que hay detrás de nuestra casa familiar…), las luciérnagas, las cabañas que construíamos en el interior del bosque, las aventuras, las cuevas estrechas, el pálpito luminoso de la vida.

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