Reencuentro

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Reencuentro

Siempre es emocionante reencontrarse con personas (especialmente con personas), lugares, espacios u objetos que en algún momento de la vida tuvieron un impacto positivo en nosotros, con connotaciones de alegría. El pasado sábado viví precisamente uno de esos reencuentros casuales: me reencontré con un teatro. Uno muy concreto, ubicado en el barrio madrileño de Lavapiés.

Desde siempre me han gustado las escapadas de fin de semana a Madrid. Hace años planificaba esas escapadas para hacer “maratones culturales”: ver museos, exposiciones, representaciones teatrales… Uno de los teatros a los que iba con frecuencia era al “Teatro Chejov”, un teatro pequeño, acogedor, envolvente. Para llegar a la sala (dispuesta para que el espectador esté al mismo nivel que los actores) había que atravesar un patio interior, era como entrar en una casita particular.

En él vi obras tan extraordinarias como “La gaviota” o “El tío Vania” que, -junto con el monólogo final de “La casa de Bernarda Alba”-, tiene a mi modo de ver uno de los monólogos finales más devastadores y sobrecogedores del teatro, el de Sonia hablándole a su tío.

 

Éste:

“¡Qué se le va a hacer! … ¡Hay que vivir!…. ¡Viviremos, tío Vania! … ¡Pasaremos por una hilera de largos, largos días… de largos anocheceres … soportando pacientemente las pruebas que el destino nos envíe! … ¡Trabajaremos para los demás, lo mismo ahora que en la vejez, sin saber de descanso! … ¡Cuando llegue nuestra hora, moriremos sumisos, y allí, al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos padecido amargura! … ¡Dios se apiadará de nosotros, y entonces, tío … querido tío … conoceremos una vida maravillosa … clara … fina! … ¡Tengo fe, tío! … ¡Creo apasionadamente! ¡Ardientemente!… ¡Descansaremos!. ¡Descansaremos! .. ¡Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos, se ahogan en una misericordia que llenará el Universo! … ¡Y nuestra vida será quieta, tierna, dulce, como una caricia! … ¡Tengo fe! … ¡Tengo fe! … ¡Pobre! … ¡Pobre! … ¡Pobre tío Vania! … ¡Estás llorando! … ¡Tu vida no conoció la alegría … pero espera, tío Vania, espera! … ¡Descansaremos!, ¡Descansaremos!, ¡Descansaremos!”

 

El pasado sábado me reencontré con el antiguo “Teatro Chejov”; de forma inesperada, con el toque delicioso de las sorpresas. Hacía años había leído en la prensa que iban a cerrarlo pero resultó que el espacio seguía allí, vivo, vibrante, en la misma callecita de Lavapiés, sólo que con otro nombre. Ahora se llama “Teatro del arte” y sigue teniendo el mismo embrujo de siempre. El encargado de la taquilla me confirmó que era el antiguo “Teatro Chejov” y estuvimos charlando un buen rato sobre la historia de la sala y sobre la hermosa obra que acabábamos de ver.

La obra se titula “Luciérnagas”. Escrita   y dirigida por Carolina Román, cuenta la historia de dos hermanos huérfanos, Julio y Alex, que viven en un pueblo remoto y aislado. Su vida, detenida, somnolienta y repleta de tensiones soterradas, cambia por completo con la irrupción de Gigi, una muchacha desenfadada y alegre, una superviviente con ganas de no mirar atrás.

“Luciérnagas” es una historia sobre la apertura a los demás y a uno mismo; sobre cómo la influencia de alguien puede contribuir al progreso personal; sobre la valentía que supone seguir el camino deseado, sabiendo que a veces hay que pagar un precio alto y estando dispuesto a pagarlo… Los tres actores bordan sus respectivos papeles y emocionan desde el momento en el que el primer foco proyecta su haz sobre el escenario; un escenario minimalista, sobrio.

Si vivís en Madrid (o tenéis la ocasión de ir próximamente) y os gusta el teatro de proximidad, aquel en el que los actores parecen estar hablándole exclusivamente a uno, para que uno haga su propia catarsis, no dejéis de acercaros al “Teatro del arte” ni os perdáis el resplandor nocturno de las “Luciérnagas”.

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