La rosa, el zorro y los amorosos

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La rosa, el zorro y los amorosos

“El principito” de Saint-Exupéry es uno de mis libros de cabecera. Lo he leído y releído muchas veces a lo largo de los años; no sabría decir cuántas. A veces creo que no es buena idea tenerlo largas temporadas en mi mesilla de noche porque siempre que lo releo en momentos en los que me encuentro especialmente sensible, me emociono: lloro nada más empezar su lectura, -la magistral dedicatoria a León Werth (cuando era niño)-, y también al leer el párrafo final del libro, así que cuando cierro los ojos para dormirme siento la cara húmeda y un pequeño nudo en el corazón.

Creo que de “El principito” lo que más me conmueve es su visión de la amistad y del amor, en el sentido más amplio. El amor fundamentado en la dedicación, en la constancia, en la paciencia, en la complicidad y en el compromiso. El amor que profundiza. De ahí que los pasajes dedicados a la flor (su rosa…) y al zorro sean aquellos en los que siempre me detengo.

El zorro dice en una ocasión: “No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”.

Y en otra: “Sólo se conocen las cosas que se domestican-dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!”.

Y en otra más: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”. “Los hombres han olvidado esta verdad, -dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…”

Y el principito habla de su rosa:

“No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”.

“¿Sabes?…, mi flor,… soy responsable. ¡Y es tan débil! ¡Y es tan ingenua! Tiene cuatro espinas insignificantes para protegerse contra el mundo…”

Una visión del amor, en la que Saint-Exupéry critica la indecisión, la insatisfacción y la búsqueda constante:

“En tu tierra, -dijo el principito-, los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín…Y no encuentran lo que buscan.” “Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…”

“Los hombres, -dijo el principito-, se encierran en los “rápidos” pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas. Y agregó: No vale la pena”.

Probablemente el principito desprecia esa búsqueda ciega y perpetua porque denota egocentrismo, que el epicentro es el “yo”, cuando para él, si algo debe ser el amor, es precisamente lo contrario: el foco de atención debe ser “el otro”, tal y como se desprende del pasaje en el que el pequeño príncipe visita el planeta del farolero, refiriéndose a él de este modo:

“Éste, -se dijo el principito mientras proseguía su viaje hacia más lejos-, éste sería despreciado por todos los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a si mismo.”

Saber lo que se busca, ocuparse de una cosa ajena a si mismo….. Ambos aspectos contrastan con la forma de vivir el amor de los amorosos; son su contrapunto. “Los amorosos” es uno de los poemas más bellos del poeta mexicano Jaime Sabines. Un poema envolvente, que discurre como un río sinuoso y oscilante entre la acidez y la ternura y describe la trayectoria sentimental y emocional de aquellos cuya motivación principal en el amor, -su oxígeno-, es la búsqueda en si misma, pues son insaciables.

El poema es tan perfecto que no es necesario añadir nada más. Lo transcribo íntegro e incluyo un video en el que el propio Jaime Sabines recita maravillosamente sus versos:

 

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

468 ad

1 Comentario

  1. Suscribo cada palabra :)